El amor -cosa sabida por todos- es tarea delicada. No es sólo el contrapunto de dos personas cualquiera: egoísmos, manías, soledad, incertidumbre, sino que cambia con el tiempo. Las palabras y los hechos se encadenan para crear una estructura que a veces se eleva grácil y otras veces se desploma. Cuando se empieza sólo se sabe una cosa: con cada acto, la relación se hace más pesada, más compleja y delicada de llevar. La rutina desgasta y exige constante revisión, so pena de convertirse en hastío; el cambio irrita, saca nuevas emociones y temores que dormían (cuidado, no las sobresaltes), y a veces trae la catástrofe.
La distancia es otro veneno. Abandonar una relación a la distancia es como dejar una casa abandonada: conviene fortificarla, sellar las puertas y ventanas, guardar los muebles bajo paños y convertirlos en fantasmas, vigilar que no quede nada que gotee o se rompa o que pueda arder, porque si ocurre algo no estaremos allí. Y, a pesar de todas las precauciones, todo el cuidado y las tres vueltas de llave, sabemos que a la vuelta no va a ser igual; que aunque la casa resista y no te la hayan desvalijado, en el mejor de los casos va a oler a humedad y a abandono, puede haber quedado comida echada a perder en la nevera, a lo mejor hasta reventó una cañeríar. Por eso, hay mucha gente que prefiere acabar con todo de una vez y no pasar por el penoso proceso de sellar y después reacondicionar: lo queman todo.
Yo yo siento por dentro goznes que chirrían, muebles apolillados, goteras que ya nadie se molesta en reparar. ¿Seré la misma yo? ¿Seremos nosotros otra vez? Parece imposible, parece distinto, no somos los mismos. Estos casi tres años me pesan como un fardo. Las más de las veces, intento no pensar, y me digo que algún día será mejor, que en esas ventanas vacías habrá flores y visillos, que volveré a ver las estancias iluminadas por el sol. Y mientras me miento y te espero, silbo y limpio mi corazón con un trapo manchado de soledad.
He creado una nueva categoría llamada “Utter crap” No sé si ponérsela a todas mis entradas, porque últimamente me repugno. ¿O no? No sé qué pensar, mi ego es gigantesco, pero no hasta el punto de cegarme.
V-i-s-c-o-s-i-d-a-d
Y, la verdad, va tocando una chocolatada, queridos compañeros
Comunico que me he mudado a piso y que, con mis cohabitantes, he abierto un bloj, uno de los mejores que pululan por la web. En él publiqué la tercera parte de mi serie de parafilias chungas, así como humor y reflexiones. Bueno, a gozarlo:
Bueno, en vistas de que ni dios me visita la sección cultureta (cosa que me parece muy mal) y que en cambio todo el mundo parece sentirse atraído por las guarreridas, hago una segunda parte de esta abandonada sección. Hoy quiero hablar un poco del estilo de vida furry, en su vertiente escabrosa.
El término furry no tiene necesariamente una connotación sexual. En general, designa a las personas aficionadas por los animales antropomorfos, como personajes de dibujos animados, peluches y muñequitos. A veces, a la persona le gusta coleccionar objetos relacionados; otras, le gusta disfrazarse. Como todos los frikis, tienen sus convenciones y sus quedadas en las que se disfrazan y encuentran muñequitos.
Pero todo esto, porque tiene que haber gente pa tó, tiene también su lado oculto. Como dijo un bloguero de cuyo nombre no quiero acordarme, “Si existe, hay un porno para ello”. La palabra para designar toda esta faceta pornográfica es yiff. El término fue acuñado por un tal Foxen Griffox, un furry que vive en los EEUU, y en sus comienzos era simplemente la onomatopeya del sonido que hace un zorro. Poco a poco, se creó un idioma, el “foxish”, empleado para juegos de roleplaying, en el que era la expresión más positiva en la escala yiff, yip, yerf, yaff, yarf, growf, y growlf. Aparte de espantosas perversiones del tipo de ponerse un traje de bicho y follar, está el porno furry. Vale, admito que me cuesta tomármelo en serio, pero en fin, para gustos los colores:
Hay muchas chorradas más. Estas son de Pokémon, pero la verdad es que casi siempre son más antropomórficos.
Y por último dejo aquí un vídeo me enseñó un amigo y me planteó una inquietante pregunta. ¿alguien se habrá masturbado alguna vez con esto?
A falta de cosas que hacer, escribo. No tengo inspiración, porque estos días no he hecho nada útil salvo aprobar el examen teórico de la autoescuela (¡yipiiiiiii!) y planear un poco la segunda quincena de agosto, que espero que sea mejor que la primera. Tampoco puedo poner nada culturado ni inspiral, porque sólo me he leído dos libros: The Pillars of Earth (me odio), y ahora Las benévolas, de Jonathan Littell, que es uno de los mejores libros que he leído este año, aunque me pone enferma. Ante la inactividad salgo a nadar, hago broches, voy al bar por las noches e intento escribir. El calor me aplatana, pero estoy activa, demasiado activa para este poblacho. A ver si Salamanca me ofrece un poquito más, aunque sea la posibilidad de encontrarme con gente nueva y de romper esta rutina, que me está matando.
Ante todo, quiero dar mis disculpas por esto de no aparecer, pero es que, inverosímilmente, tengo una vida real, que paseé por Portugal, Valladolid y las fiestas de mi pueblo.
Hoy quisiera hablar de una gran verdad que descubrí un martes de febrero después de ver House. Resultó que Sara y yo, tentadas por la acogedora oscuridad de la sala de tele del fray, nos quedamos acurrucadas al cálido resplandor de los rayos catódicos. En fin, que nos empanamos grandemente.
Para nuestra maravilla, una deidad benéfica decidió recompensarnos con un serio y estudiado documental de Antena 3 sobre la presencia de cocaína en los baños de los edificios públicos. La cosa parecía tener un interés moderado: mirarían dos colegios, tres institutos y preocuparían mucho a los padres. Pero no. Esta vez la maravillosa cadena iba a analizar los baños de edificios guays de verdad. Comenzaron con el mundo del espectáculo, y después de decidir que en los baños de los canales de televisión y los pases de modelos había restos de farlopa, sacaron la artillería pesada: el Parlamento Español. Y había, señoras y señores. A continuación, pasaron a otra maravilla: la Bolsa española, donde todos los brokers son blancos por dentro. Los juzgados, también. El único edificio que se libraba era Hacienda, lo que es un alivio porque, como dijo Sara, ciento cuarenta y cuatro mil recaudadores de impuestos enfarlopados… buf.
El documental en sí era una gozada que recomiendo a todo el mundo, pero llevaba a una reflexión preocupante. Si los líderes de nuestra sociedad no pueden vivir sin un billete enrollado en la nariz ¿Adónde carajo vamos a parar?
Uno de los inconvenientes de trabajar cara al público es que tienes que aguantar a todos los gilipollas, frustrados, pesados y gente desagradable en general. Este es el caso de mi amigo Antang, que trabaja en la piscina municipal de mi pueblo sirviendo cafés a gente de todos los colores, nacionalidades y personalidades, que van desde lo mejor hasta lo peor. No sólo tiene que satisfacer sus deseos conservando siempre una encantadora sonrisa, sino que a veces tiene que escucharles el rollo que le suelten, porque el cliente siempre tiene razón. Esto le pasó esta tarde con un cliente peruano ciertamente plasta (una cosa no es consecuencia de la otra, aclaramos). Aquí resumo un extracto de la vara que le dio.
-Hola joven. Un café. Desde luego has tenido suerte con tu trabajo, puedes ver a todas las chicas en bikini
-Así que estudias psicología. Habrás leído a Sigmund Freud (pronunciado como se lee, Fre-ud)
-Usted tiene que leer a Marx y a Lenin, o pasará su vida en la ignorancia.
-No quiero ofender, pero los españoles son francamente incultos.
-Hay que leer para que así, cuando te venga un brasa como yo, no quedes como un ignorante.